Todo pasa, los presidentes también
A casi tres años de la llegada de Javier Milei a la Casa Rosada, el contraste entre la mirada del Gobierno y las dificultades económicas de amplios sectores de la sociedad vuelve a poner sobre la mesa una vieja discusión de la política: la distancia que puede generar el ejercicio del poder.

El poder tiene un hechizo difícil de igualar. No importa quién lo ejerza: este hechizo los eleva a un estado que los aleja de la realidad y los sumerge en una verdad virtual.
Durante el siglo pasado, solían denominarlo “El diario de Yrigoyen”, en alusión a los impresos que le preparaban a don Hipólito. Lo que sí es indiscutible es que las alfombras, los sillones y las lapiceras terminan mareando a todos. Y, por supuesto, Javier Milei no es la excepción.
Para el Presidente, todo marcha de acuerdo con el plan y se navega viento en popa.
Las personas más pudientes de la sociedad y los jóvenes que todavía viven en los hogares de sus padres parecen sostener la misma visión que el mandatario.
Pero la obligación de un presidente de la Nación es observar y atender a todos los sectores de la sociedad.
Sucede que la gran mayoría de la población —donde se encuadran profesionales, comerciantes, propietarios de pymes, docentes, trabajadores independientes y empleados en general— la está pasando muy mal, porque la situación económica parece no tolerarse más.
Las principales promesas de campaña del líder de La Libertad Avanza, transcurridos casi tres años de mandato, no se cumplieron. Milei prometía sueldos dolarizados e inflación cero.
Nada más alejado de la realidad en una Argentina donde, para colmo de males, los haberes están prácticamente congelados desde diciembre de 2023, mientras el costo de vida desde que Milei asumió la Presidencia acumula un fuerte incremento.
El malhumor social se percibe cada día más y las soluciones no se vislumbran, al menos por ahora.
Enfrente, Cristina Fernández de Kirchner sigue empeñada en hacerle un valioso e indispensable aporte a Javier Milei. Para salvar su pellejo, insiste con su participación en la política activa del país y, de esa manera, termina allanándole el camino al oficialismo y complicando la construcción de una alternativa opositora que pueda llegar al sillón de Rivadavia.
“Respice post te, hominem te esse memento” —o, en su versión más popularizada, “Memento mori”—.
“Mira tras de ti, recuerda que eres un hombre”. “Recuerda que vas a morir”.
Según la tradición, esas eran las frases que un súbdito debía repetir al oído de Julio César durante sus triunfos para recordarle que, pese al poder y la gloria, seguía siendo un mortal.
Por estas latitudes, lejos de tener a alguien que los baje a la realidad, los presidentes suelen rodearse de adulones y bufones que les dicen a viva voz: “Sos el mejor mandatario de la historia”.
Mientras tanto, la gente sufre y se las arregla como puede.
Porque el poder puede parecer eterno.
Pero no lo es.
Todo pasa. Los presidentes también.

