La clase media, entre el ajuste y el temor a caer en la escala social
El empleo, los ingresos y la pérdida de capacidad de consumo desplazaron a la inflación como principales fuentes de preocupación. Aunque una mayoría no quiere volver al modelo anterior, crece el pedido de corregir el rumbo.

El humor social muestra un cambio marcado: baja la expectativa de mejora, crecen la preocupación, la incertidumbre y el temor a perder posición en la escala social.
El malestar se siente con especial fuerza en la clase media baja, un segmento que representa al 26% de las familias del país, cerca de 4 millones de hogares y 11,5 millones de personas.
Si se suma a la clase baja no pobre, que conserva valores y aspiraciones de clase media pero tiene ingresos más bajos, el universo alcanzado por esta tensión supera los 25 millones de personas.
El diagnóstico aparece atravesado por una contradicción central: muchos argentinos valoran la baja de la inflación y la estabilidad cambiaria, pero sienten que esas mejoras macroeconómicas todavía no se traducen en una vida cotidiana más aliviada.
La inflación dejó de ocupar el lugar excluyente que tuvo durante años. El tipo de cambio estable y la posibilidad de comprar dólares también aparecen como elementos valorados por sectores de la población. En julio, 1,7 millones de personas adquirieron casi US$3.000 millones netos, según datos del Banco Central.
Sin embargo, la mejora macroeconómica convive con una realidad más compleja en los hogares: menos ingreso disponible, más restricciones de consumo, mayor endeudamiento y preocupación por la calidad del empleo.
Menos margen para consumir
Uno de los datos que ayuda a explicar el cambio de ánimo es la caída del ingreso disponible de las familias, es decir, el dinero que queda después de pagar gastos fijos.
Según Ecolatina, ese ingreso cayó 15% promedio entre 2023 y 2025 y este año volvería a retroceder cerca del 1%.
Si la comparación se hace contra 2017, la capacidad de compra de los hogares habría acumulado una baja del 37,5% hacia fines de 2026.
Ese deterioro explica por qué el ajuste, aceptado inicialmente por buena parte de la sociedad como un tránsito difícil pero necesario, empieza a pesar más en la vida diaria.
Para sectores de clase media, el problema ya no se reduce a dejar de comprar determinadas marcas, postergar consumos o convivir con deudas. El temor más profundo es perder estatus, estabilidad y horizonte de progreso.
El empleo desplazó a la inflación
Las encuestas más recientes muestran que la principal preocupación social ya no es la inflación, sino el empleo.
Aresco ubica ese tema como el principal problema para el 41% de la población, mientras que Synopsis lo registra en el 36%.
La preocupación no se limita al miedo a quedarse sin trabajo. También incluye salarios que no alcanzan, empleos de baja calidad, necesidad de sumar más horas laborales, pluriempleo, pérdida de previsibilidad y dificultad para conseguir puestos formales.
El desempleo informado por el Indec para el primer trimestre fue del 7,8% de la población económicamente activa, equivalente a 1,8 millones de personas. En el Gran Buenos Aires, el registro llegó al 9,7%.
La calidad laboral, bajo presión
Los datos oficiales muestran que el problema central no es únicamente la falta de empleo, sino el deterioro de su calidad.
Según el informe SIPA que elabora la Anses, entre noviembre de 2023 y mayo de 2026 se perdieron 241.000 puestos formales en el sector privado, entre ellos 85.000 en la industria y 63.000 en la construcción.
También se redujeron 80.000 empleos en el sector público y 16.000 en casas de familia. En total, se perdieron 337.000 puestos asalariados registrados.
En el mismo período se crearon 161.001 trabajos bajo la categoría de no asalariados monotributo, mientras que los autónomos se mantuvieron estables.
A su vez, el informe de Cuentas Nacionales del Indec indicó que existen 509.000 puestos de trabajo más que en 2023. De esa combinación surge que una parte importante de los nuevos empleos se ubica en la informalidad.
El propio Indec señaló que, al cierre de 2025, el 43% de los empleos era informal.
Ese cuadro refuerza una preocupación extendida: se trabaja más, pero se gana menos en términos relativos; crece la incertidumbre y se debilita la seguridad asociada al trabajo formal.
La clase media y el miedo al descenso
El temor a descender socialmente aparece como uno de los rasgos más fuertes del momento.
Para las clases medias, la preocupación no sólo pasa por el presente económico, sino por la posibilidad de perder aquello que durante años funcionó como símbolo de estabilidad: empleo registrado, consumo previsible, vivienda, educación, salud y capacidad de proyectar.
En la clase media alta, el esfuerzo está concentrado en sostener la calidad de vida. En la clase media baja y en los sectores con ingresos más ajustados, la restricción se vuelve más evidente.
La idea de movilidad social ascendente, muy arraigada en la cultura argentina, convive ahora con un miedo creciente a retroceder.
Un laberinto político y social
Pese al malestar, los datos cualitativos y distintas encuestas muestran que una mayoría no quiere volver al punto de partida.
Cerca del 70% de la población expresaría que no desea regresar al modelo anterior, aunque eso no significa un respaldo pleno a que todo siga igual.
El pedido que aparece con más fuerza es mantener la dirección general, pero corregir el rumbo.
La situación ubica a buena parte de la clase media en un laberinto: el pasado no resulta atractivo, el presente no cumple con las expectativas y el futuro todavía no aparece con claridad.
En ese escenario, la estabilidad macroeconómica funciona como un activo, pero no alcanza para ordenar por sí sola el malestar social.
El desafío central pasa por transformar esa mejora general en alivio concreto para los hogares, especialmente en ingresos, empleo formal y recuperación del consumo.

