Milei se cae en las encuestas: ¿por qué?
El deterioro del poder adquisitivo, la inflación persistente en alimentos y las dificultades para llegar a fin de mes empiezan a pesar sobre la imagen del Presidente. La macroeconomía puede mostrar señales favorables, pero el desafío sigue siendo trasladarlas al bolsillo.

Hay una pregunta que empieza a recorrer cada vez con más fuerza la política argentina: ¿por qué Javier Milei comienza a perder respaldo en las encuestas?
La respuesta, probablemente, no haya que buscarla solamente en la política. Tampoco en los discursos de sus adversarios. Mucho menos en las redes sociales. Hay que mirar, fundamentalmente, lo que ocurre en la vida cotidiana de los argentinos.
Cuando Fernando De la Rúa y Domingo Cavallo decidieron confiscar los ahorros de los argentinos, en diciembre de 2001, la inflación anual era negativa: -1,5%. Es decir, existía deflación, producto del régimen de convertibilidad.
Durante el último año de gestión de Cristina Fernández de Kirchner, el índice de inflación anual registrado por el INDEC fue del 14,3% (según las mediciones del Congreso de la Nación era del 27%), equivalente a aproximadamente un 1,19% mensual.
Hoy, bajo el gobierno de Javier Milei, la inflación continúa moviéndose alrededor del 2% mensual, con particular impacto sobre los alimentos, mientras los salarios de buena parte de los trabajadores permanecen prácticamente estancados desde 2024.
Y es aquí donde aparece el problema político.
Porque una cosa es mostrar un Excel con números positivos y otra muy distinta es conseguir que esos números se sientan en el bolsillo.
La economía que no llega a todos
Es cierto que existen indicadores favorables en la economía argentina. Nadie puede negarlo.
Pero la pregunta es quiénes se benefician con esa mejora.
Algunos sectores empresarios atraviesan un escenario favorable. También determinadas actividades, como la minería y la energía, encuentran oportunidades extraordinarias. Son sectores importantes para el futuro del país, pero no representan necesariamente la realidad económica de la mayoría de los argentinos.
El problema aparece cuando el crecimiento de determinados indicadores macroeconómicos convive con una sociedad que siente que cada vez le cuesta más llegar a fin de mes.
Porque no se gobierna solamente con el Excel.
Se gobierna también con sensibilidad, con políticas sociales y con herramientas que permitan contener a quienes quedan al margen del crecimiento.
El argentino común no vive de las reservas del Banco Central, del riesgo país ni de las curvas de los bonos. Vive de su salario. Paga el supermercado, el alquiler, los servicios, la escuela, el transporte y las deudas.
Y justamente en el endeudamiento aparece otra señal de alarma.
Muchas familias que durante años pudieron sostener su nivel de consumo mediante tarjetas de crédito y préstamos ahora tienen dificultades para pagar. La morosidad crece y el crédito, que alguna vez fue una herramienta para mejorar la calidad de vida, empieza a convertirse en una carga.
El cansancio después de la tormenta
Milei llegó al poder prometiendo terminar con una Argentina que consideraba agotada.
Lo hizo con un discurso disruptivo, confrontativo y cargado de épica. Una parte importante de la sociedad aceptó el sacrificio porque entendió que no había otra alternativa.
Pero el tiempo pasa.
Y cuando pasa el tiempo, la sociedad empieza a exigir resultados concretos.
Después del caos, la crisis y la permanente confrontación política, puede estar apareciendo una demanda diferente: algo de mesura, previsibilidad y sentido común.
No necesariamente un regreso al pasado.
Tampoco una reivindicación de los gobiernos anteriores.
Simplemente la búsqueda de alguien que pueda ordenar la economía sin que el costo de ese orden recaiga permanentemente sobre los mismos.
¿Quién puede salvar a Milei?
Paradójicamente, el principal problema electoral de Milei podría no estar dentro de su propio gobierno, sino en la oposición.
Hoy, el Presidente todavía puede encontrar oxígeno en un peronismo desorganizado, fragmentado y sin un liderazgo claro.
Y también en una figura que continúa funcionando como un límite para buena parte del electorado: Cristina Fernández de Kirchner.
El fantasma de Cristina sigue siendo, para el oficialismo, una herramienta política de enorme potencia. Le permite presentar cada elección como una disyuntiva entre el presente y el regreso del pasado.
Pero esa fórmula no es infinita.
Porque si el gobierno no consigue que la recuperación económica se transforme en una mejora concreta para la mayoría, llegará un momento en que el miedo al pasado dejará de ser suficiente para justificar el presente.
Y allí estará el verdadero desafío de Milei.
No convencer a los mercados. No convencer a los empresarios. No convencer a sus seguidores más fieles.
Convencer a ese argentino que, después de tantos años de crisis, inflación, ajustes y promesas, solamente quiere una cosa: vivir un poco mejor.
Porque las encuestas pueden cambiar.
Los adversarios pueden cambiar.
Los discursos pueden cambiar.
Pero cuando el bolsillo empieza a decir que algo no funciona, ninguna planilla de Excel alcanza para convencer a la gente de lo contrario.

